"Gracias, de verdad no sé qué haría sin tu ayuda". Y por dentro tú piensas: "Te la pelarías, igual que haces cuando no me necesitas." Pero sonríes, porque también hay un juego que jugar. No puedes mandarlos a la chingada porque, aunque duela aceptarlo, algo de ese trato hipócrita también te sirve.
Es un intercambio jodido, como esos billetes falsos que parecen reales hasta que los pasas por la luz. Te dicen cosas bonitas, te endulzan el oído, pero detrás de cada palabra hay un maldito cálculo. Están midiendo cuánto pueden exprimirte antes de que te des cuenta de que no les importas un carajo.
Y lo peor no es que lo hagan. Lo peor es que lo permites. Sabes que esa persona no movería ni un dedo por ti, que si fueras tú el que necesitara algo, te mandarían a volar con la excusa más barata del mundo. Pero ahí estás, aguantando el teatro porque, de algún modo, también estás atado a esa dinámica de mierda.
Te preguntas cómo sería si las cosas fueran claras. Si pudieras pararte frente a esa persona y decirle: "Mira, no me soportas, y yo tampoco a ti. ¿Por qué no dejamos de fingir y cada quien sigue con su vida?" Pero sabes que no va a pasar. No vivimos en un mundo tan simple.
Y mientras tanto, ahí estás, jugando al amigo, al colega, al contacto útil. Te ríes de sus chistes malos, les das lo que necesitan, y te tragas el mal sabor en la boca porque, al final del día, es más fácil soportar la hipocresía que enfrentar el conflicto.
Es una mierda, sí, pero también es una lección: no dejes que cualquiera te trate como una herramienta. Porque en el momento en que terminen de usar lo que necesitan de ti, te van a tirar como un chicle masticado. "Las sonrisas falsas duelen menos que la verdad, pero siempre apestan igual."
Así que la próxima vez que sientas esa vibra podrida, recuérdales: "El favor lo hago yo, no tú. Así que el que manda aquí soy yo."

No hay comentarios.
Publicar un comentario