ARCHIVO

Siempre he odiado a los seres humanos.

Su ruido incesante, su arrogancia. Sus pies ensucian la tierra, sus bocas escupen mentiras, sus manos arrancan vida sin remordimiento. Me repugnan. Aun así, hay cosas que añoro… cosas que ellos mismos han olvidado apreciar. El sonido de la lluvia golpeando las hojas, el aroma embriagador de la tierra mojada. El trino de los pájaros al amanecer, una melodía efímera entre el caos. Los murmullos de las personas, sus risas, sus lágrimas… el sonido de la existencia.


Pero yo no existo. Nunca lo hice realmente.

Cada 8 de marzo, el mundo se viste de morado y las marcas se vuelven repentinamente "feministas". No importa si han explotado mujeres en fábricas de ropa, si pagan menos a sus empleadas o si sexualizan la imagen femenina para vender más. Por un día, todas las empresas y gobiernos quieren mostrarse como aliados de una lucha que, en la práctica, les interesa solo en tanto puedan capitalizarla. Y lo logran. Porque el Día Internacional de la Mujer ya no es un acto de resistencia, sino una estrategia de mercadotecnia.

Aprender una nueva idea no te convierte en un genio de la noche a la mañana, pero comprometerte a aprender algo cada día te transforma en una persona poderosa. No es el conocimiento en sí lo que cambia a alguien, sino la acumulación de aprendizajes y la manera en que estos se entrelazan con lo que ya sabemos. Como dice Warren Buffet: «Esta es la manera como el conocimiento funciona. Se va acumulando, como el interés compuesto del dinero invertido».

Twitter debería ser un manicomio en llamas. Un lugar donde todo el mundo grita, pero nadie escucha. Donde la gente se indigna por absolutamente todo, pero olvida su propia hipocresía en menos de 24 horas. Un pantano de egos, opiniones no solicitadas y expertos en absolutamente todo, menos en su propia vida.

El primer beso no es cualquier cosa, es un puto terremoto en el pecho. Es esa mezcla de nervios, expectativa y miedo que te hace sentir como si fueras a vomitar mariposas. Es estar frente a esa persona que te trae loco, intentando no parecer un completo imbécil, pero sintiendo que cada palabra que dices te delata.

Había algo profundamente inquietante en mudarse ocho veces al año. Las primeras tres o cuatro no eran nada: embalar cajas, despedirse de amigos que sabías que no volverías a ver, aprender a ubicarte en una nueva ciudad. Todo eso era normal para Lucas; a sus catorce años, no recordaba haber estado en el mismo lugar más de seis meses seguidos. La palabra «hogar» no significaba mucho para él.

Qué puta mierda es lidiar con alguien que te sonríe por fuera pero por dentro te está mandando a la mierda. Lo sabes, lo sientes. Es ese tono falso, esa risa que no llega a los ojos, esa manera en la que pronuncian tu nombre como si estuvieran masticando algo podrido. Pero ahí están, actuando como si fueras su mejor opción porque, claro, necesitan algo de ti.